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domingo, 28 de julio de 2013

Leyendas del deporte: Mark Spitz

Mark Spitz


MARK SPITZ es un ex nadador estadounidense. Ganador de 11 medallas olímpicas (9 de oro) es considerado uno de los máximos atletas en la historia de su país y el mundo.

Mark Andrew Spitz nació el 10 de febrero de 1950 en Modesto, California. Primero de tres hijos de Arnold y Leonore Spitz, Cuando tenía dos años de edad, su familia se mudó a Honolulu Hawai y allí, el pequeño Mark se sumergía todos los días en las aguas de la playa Waikiki. La familia volvió a California (esta vez a Sacramento) cuando él tenía seis años y comenzó a competir en el club local de natación.

A los nueve años inició su entrenamiento en el “Arden Hills Swim Club” con el entrenador Sherm Chavoor, quien además de Spitz preparó a otros seis medallistas olímpicos. Antes de cumplir los diez años Spitz impuso diecisiete récords nacionales y uno mundial de su categoría.

Una vez demostrado su enorme talento y facultades inigualables, su familia decidió mudarse a Santa Clara para que él pudiera entrenar con George Haines. Allí se preparó desde 1964 hasta 1968, periodo en el que destrozó las marcas de “High School” en cada especialidad y distancia. En 1966, ganó los 100 metros mariposa del torneo nacional de AAU y al año siguiente impuso su primera marca mundial en los 400 metros libre con un tiempo de 4:10:60, por lo que fue considerado una de las máximas figuras de la natación a nivel mundial.

En 1967 ganó cinco medallas de oro en los juegos panamericanos de Winnipeg toda una proeza para la época que no fue superada hasta cuarenta años después.

 
Spitz llegó a las Olimpiadas de México 68 convertido ya en la máxima figura de la natación, poseía diez récords del mundo y se aventuró a afirmar que ganaría seis medallas de oro. Sin embargo sólo logró obtener dos medallas doradas, en relevos 4x100 y 4x200, y plata en 100 metros mariposa y bronce en 100 metros libres.

Decepcionado de su desempeño en las Olimpiadas, Spitz ingresó en la “Universidad de Indiana”, en donde entrenó con el legendario Doc Counsilman. Allí obtuvo ocho títulos de la NCAA y obtuvo el premio “James E. Sullivan” como el mejor deportista amateur de los Estados Unidos. Fue entonces cuando fue apodado “Mark the Shark” (“Mark el Tiburón”) por sus compañeros de equipo.

En 1972 volvió a las Olimpiadas, esta vez en Munich. Spitz mantuvo su promesa de seis medallas de oro, logrando incluso una de más, para un total de siete medallas de oro con siete récords del mundo, una hazaña nunca igualada que le aseguró su entrada en el Olimpo de los máximos atletas de la historia, lugar reservado sólo para los elegidos.

Tras las olimpiadas de Munich, Mark Spitz anunció su retiro de la natación con tan sólo veintidós años. A pesar de que Michael Phelps superó su record en Beijing 2008, la hazaña de Mark Spitz se mantiene como una de las grandes leyendas de su país y de la historia del olimpismo.
 
 
Fuente:
Canalbio.com

viernes, 7 de junio de 2013

Leyendas del deporte: Gabriela Andersen


Gabriela Andersen
La mujer que hizo historia en los Olímpicos de 1984

 
El maratón femenil hizo historia en los juegos olímpicos de Los Ángeles 1984, pues fue la primera vez que se celebró; pero alguien más dejó una huella en la historia del atletismo: Gabriela Andersen.
Esta mujer cambió la historia del atletismo. En la pista dejó un sobresaliente esfuerzo que no se desvaneció hasta haber cruzado la meta. ¿Quién esta mujer y que fue lo que hizo?

En la ciudad de Los Angeles, la humedad era muy alta y la temperatura rondaba los 30°C, miles de personas estaban atentas en el estadio para presenciar la primera maratón femenina de la historia de los 42, 195 metros. En esta ocasión tan especial participaban 50 mujeres y una de ellas levantaría la ovación más grande de la historia de los Juegos Olímpicos.
 
No esperaba recibir el oro, pero su objetivo era llegar a la meta, iba en la posición 37, y tan pronto como entró al estadio, levantó la ovación más grande. Aparecía la suiza Gabriela Andersen, cansada y acalambrada, además de que apenas y podía mantenerse de pie, el público se puso de pie al borde de las lágrimas, la atleta tenía paralizado la mitad de su cuerpo.

Inmediatamente los organizadores quisieron brindarle atención médica, pero ella lo rechazó, sabiendo que si aceptaba sería descalificada. Fueron los minutos más conmovedores de la competencia, mientras los paramédicos le seguían por la orilla, ella tenía clara su meta, ni los dolores, ni el cansancio la harían desistir.

Cruzar la meta era su sueño, y se hizo realidad. Una vez cruzó la meta, colapsó; los jueces estaban esperándola en la meta para cargarla. La imagen y los sentimientos que despierta son indescriptibles.

Era como si todo el mundo le gritara: “¡ánimo, tu puedes”!, pues sacó fuerzas de su agotado cuerpo.

Tras su recuperación admitió que ya no estaba en la mejor edad para competir en otras Olimpiadas y que esa sería su última oportunidad.

Así el nombre Gabriela Andersen se convirtió en sinónimo de determinación y perseverancia.


Fuente: planetacurioso.com

miércoles, 1 de mayo de 2013

Leyendas del deporte: Jesse Owens


Leyendas del deporte: Jesse Owens
 
(James Cleveland; Decatur, Alabama, 1913 - Tucson, Arizona, 1980) Atleta norteamericano. Jesse Owens brilló en la atmósfera racista de los Juegos de Berlín de 1936, donde realizó una exhibición tan espectacular que durante unos pocos días el mundo se olvidó que seguía ardiendo el conflicto político que estallaría en la Segunda Guerra Mundial. Owens ganó cuatro medallas de oro, batió dos records mundiales y otro olímpico.

Hijo de una numerosa familia de labradores, mientras realizaba sus estudios primarios, trabajó como vendedor de periódicos, empleado de una gasolinera y recadista. A principios de la década de 1920, la familia Owens se unió a la gran emigración negra hacia el norte, afincándose en Cleveland.

Su profesor de gimnasia en la escuela, Charles Riley, se sintió atraído por el joven, a quien traía el desayuno e invitaba a almorzar a su casa además de enseñarle a correr. En la secundaria, Jesse ganó 74 de las 79 carreras en las que compitió, batiendo el récord nacional de salto de longitud. Se matriculó en la Universidad Estatal de Ohio, donde obtuvo un empleo a tiempo completo mientras practicaba atletismo.

Realizó su primera proeza en Michigan, en 1935, batiendo cinco records mundiales e igualando otro en menos de 90 minutos: corrió las 100 yardas en 9 min. 4 seg.; saltó 8,13 m de longitud, récord que tardó 25 años en ser superado, y corrió las 220 yardas lisas en 20 min., 3 seg. y las 220 yardas vallas en 22 min. 6 seg. Desde ese día se le conoció como el Antílope de Ébano.

En 1936, en Chicago, batió el récord mundial de 100 m con 10 seg. 2 cent. Participó en los Juegos Olímpicos de Berlín, en los que consiguió cuatro medallas de oro en 100 y 200 m, salto longitud y relevos 4 x 100 m.

Una vez terminados los Juegos Olímpicos, el equipo de Estados Unidos inició una gira por Europa, en la que Jesse se negó a participar. Quería volver a su hogar. Esta actitud le valió ser suspendido de las filas amateurs, y que se le negara el Premio Sullivan como amateur más destacado de EE.UU. en 1936, que recayó en el decatlonista Glenn Morris.

Retirado de las pistas, hizo incursiones sin éxito en el mundo de los negocios, perdiendo su fortuna y cayendo en el anonimato, hasta que el gobierno de Estados Unidos le designó embajador de buena voluntad. Jesse volvió a florecer como orador público capaz de despertar las emociones de sus oyentes, hablando ante convenciones de negocios, grupos juveniles y organizaciones cívicas. Falleció en 1980, víctima del cáncer de pulmón. Sus hazañas son recordadas en la magnífica película que rodó Leni Riefenstahl de los Juegos de 1936.
 

viernes, 22 de marzo de 2013

Leyendas del deporte: Spiros Louis


Spiros Louis, un aguador que encendió los Juegos

 Un pastor de 24 años se convirtió en el ganador del primer maratón olímpico en Atenas 1896

En Grecia aún se utiliza una expresión («Yinome Louis») para explicar lo que es salir pitando. Pero el legado de Spiridon Louis es de mucho más calado, crucial para el impulso de los Juegos Olímpicos. El júbilo que desató su triunfo en Atenas, en 1896, los primeros Juegos de la era moderna, fue de tal magnitud que contagió incluso a los extranjeros, dando sentido, al fin, a una competición tan global. Spiros rescató el orgullo patrio en el momento oportuno. Grecia no encontraba un campeón en atletismo y hasta en una prueba tan griega como el lanzamiento de disco, el estadounidense Garrett derrotó a Paraskevopoulos, su representante.

Pero quedaba el maratón, incorporado gracias a la propuesta de un amigo del Barón de Coubertain, y ahí los helenos apostaron fuerte. Antes de los Juegos realizaron dos pruebas de selección. En la segunda, dominada por Lavrentis (tres horas y once minutos), corrió un chico que destacó como deportista durante el servicio militar, entre 1893 y 1895 y que, fue animado por su coronel, Papadiamantopoulos, para que participara. Concluyó en quinta posición. Aquel chico, un pastor que llevaba agua a pie de Marousi -entonces un pueblo, hoy un barrio- a Atenas, tomó finalmente la salida del maratón olímpico (42 kilómetros) el 10 de abril.

La carrera enfrentó a trece griegos contra cuatro extranjeros: un inglés, un australiano, un francés y un húngaro. Lo sucedido durante las tres horas después de que Papadiamantopoulos diera la salida a las dos de la tarde mezcla la realidad con la leyenda y hoy, 116 años después, no es fácil diferenciarlo. Una certeza es que el francés Lermusiaoux comenzó liderando la prueba. El galo arrancó ligero, veloz, pero acabó pagándolo en el kilómetro 32, cuando, ya exhausto, fue embestido por una bicicleta y abandonó. Tomó el mando el australiano Edwin Flack, un portento que ya había ganado las finales de 800 (2:11.0) y 1.500 (4:32.2). Flack corría con seguridad y un mensajero anunció en el estadio Panathinaikos que iba a ser el vencedor.

El público enmudeció. El maratón, un símbolo nacional, tampoco iba a premiarles. Mientras, Spiros, más prudente que sus rivales, a su ritmo, se detuvo en una taberna de Pikermi, se tomó una copa de vino y dijo que él iba a ser el campeón. A menos de 10 kilómetros de la meta, Spiros, calzado rudimentario, pantalones por las rodillas, había dado caza a todos sus contrincantes y adelantó a Flack, quien aún resistió tras él cuatro kilómetros más. Pero Spiros era el elegido y su ritmo acabó con el australiano, quien terminó tambaleándose y cayendo al suelo. El griego se quedó solo en cabeza y corría decidido hacia el estadio, a donde ya había llegado Papadiamantopoulos, a caballo, para anunciar el triunfo de un compatriota.

Las 100.000 personas que había entre el estadio y la calle enloquecieron. La entrada de Spiros en la pista fue el momento culminante de aquellos Juegos. Al grito atronador de «¡Hellene, Hellene!» el joven atleta de 24 años dio la vuelta al anillo escoltado por el príncipe Konstantinos y su hermano Giorgios. Spiros cruzó la meta triunfal en 2:58.50. La exaltación griega se elevó al máximo cuando Charilaos Vasilakos entró segundo siete minutos después y Spiridon Belokas lo hizo a continuación, aunque éste fue descalificado cuando el húngaro Gyula Kellner demostró que lo había adelantado en un carruaje.

El avituallamiento de Spiros pondría los pelos de punta a los eruditos del maratón en la actualidad. El pastor de Marousi bebió durante la carrera vino, leche, cerveza y zumo de naranja, y hasta se comió un huevo de Pascua. El día de la clausura fue coronado con unas ramitas de olivo y le colgaron una medalla de plata. El Rey, como el genio de la lámpara, le concedió un deseo, y el aguador solicitó un carro y un asno para transportar el agua de Marousi a Atenas. Nunca más volvió a competir. Y poco más se supo de él. Hasta que en los Juegos de Berlín, en 1936, fue recibido por Adolf Hitler. Aquel día, como en la recepción ante el Rey de Grecia, volvió a vestir el traje regional.

 

FERNANDO MIÑANA

Tomado de:
abc.es

sábado, 23 de febrero de 2013

Leyendas del deporte: Eric Moussambani


Hay quien dirá que esto no es posible dentro del nivel de exigencia que debe haber en unos Juegos Olímpicos. Otro dirá que fue un abuso y una burla hacía los países que no cuentan con suficientes recursos.

Nosotros, en Motivación y Deporte, quisimos ver el lado humano de un atleta que no se arrugó en el escenario donde estaba. Y lo hacemos porque lo hemos vivido. Habrá quien nos critique, quien diga que no vale la pena o que no lo lograremos. Pero dentro de nosotros, el dar lo mejor que tenemos, es la fuerza que nos lleva hacia adelante.

Les presentamos una pincelada de la vida de Eric Moussambani, una leyenda del deporte mundial.

 

El héroe que no sabía nadar

Eric Moussambani se hizo célebre en Sídney 2000 en la los 100 metros libres de natación. El guineano los cubrió, con muchos apuros, en 1:52.72. La imagen de todo el público jaleándole mientras sufría para no hundirse forma parte de la historia reciente de los Juegos Olímpicos.

La historia de los Juegos Olímpicos está llena de heroicidades y de grandes récords. Pero la historia de Eric Moussambani modificó esa visión. Hizo ver que también se podía ser un héroe sin lograr un metal, sin batir un récord, sin ser un súper atleta. Este nadador de Guinea Ecuatorial siempre será recordado como el hombre que, en los Juegos Olímpicos de Sídney 2000, hizo los 100 metros libres en 1:52.72, una marca el doble de alta de la que emplean los campeones e, incluso, superior a los que nadan los 200 libres.

Moussambani siempre quiso participar en atletismo, pero el equipo de su país ya estaba completo y la federación le dijo que había una plaza en natación que les había destinado el Comité Olímpico Internacional (COI), quien tenía un programa por el cual se permitía la participación a deportistas de países en vías de desarrollo aunque no alcanzaran la mínima. Como su ilusión era participar en unos Juegos, no se lo pensó dos veces y aceptó a pesar de que sólo tenía ocho meses por delante para prepararse.

Pese a que su sueño se iba a cumplir, no fue un camino fácil. Ante la falta de infraestructuras en su país, tuvo que entrenar en la piscina de un hotel, la cual era de 25 metros, un dato importante puesto que la primera vez que vio una piscina de 50 metros fue en los propios Juegos de Sídney. De hecho, la vio tan enorme que pensó que era de 100 metros y que sólo debería hacer el trayecto de ida.

Lo que él no sabía al ver aquella piscina es que iba a pasar a la historia. Le tocó en su serie otros dos nadadores que habían llegado allí por el mismo programa del COI. Ambos, uno de Tayikistán y otro de India, hicieron salida falsa, por lo que quedaron descalificados. Por tanto, a Moussambani le tocó nadar solo. Fue cuando se lanzó al agua cuando todo el mundo pudo comprobar que estaban ante una persona que no era un profesional de la natación. A pesar de su estilo poco ortodoxo, consiguió completar con orgullo el primer largo. Sin embargo, el segundo se le hizo eterno. Por momentos parecía que se ahogaba.

El público tardó en comprender lo que estaba viendo. No asimilaban que en unos Juegos Olímpicos, donde todo era heroico y la gente acudía preparada, pudiese haber una especie de 'antihéroe'. Una vez que lo interiorizaron, todos se pusieron a animar a Moussambani como si fuese el deportista del año. Con sus aplausos y sus jaleos consiguieron empujar al bueno de Eric hasta el final.

Su actuación tuvo una repercusión mundial y se hizo tan célebre como los que ganaban medallas. Eso le animó a seguir nadando. Se trasladó a Barcelona, donde tenía familia y llegó a clasificarse para Atenas'04. A pesar de haber podido bajar su marca de Sídney en más de un minuto, al final no pudo participar porque su país no le tramitó el visado a tiempo.

Lo volvió a intentar en Pekín, pero su momento ya había pasado y no logró clasificarse. A pesar de todo, es considerado un ídolo en su país y en África, siendo un modelo a seguir para muchos jóvenes que se entrenan en ríos para poder emularle. "Los últimos 15 metros han sido muy difíciles", aseguró tras salir de la piscina el día que se hizo célebre. Pero no le importaba porque él había cumplido su sueño, ese tipo de sueños que sólo te dan los Juegos Olímpicos.

 
Tomado de: Marca.com

 
 

 

jueves, 14 de febrero de 2013

Leyendas del deporte: Erick Barrondo

Erick Barrondo: ejemplo de sencillez y humildad

El marchista Érick Barrondo ganó la primera medalla olímpica en la historia de Guatemala, quinta a nivel Centroamericano si sumamos las tres de Costa Rica y una de Panamá.


 Erick Barrondo tuvo que comprarle un televisor a su familia en Guatemala para que pudieran verlo competir en los Juegos Olímpicos de Londres. Posiblemente fue la mejor inversión de su vida.

Terminó segundo en la marcha de 20 kilómetros en los Juegos de Londres y le dio a Guatemala la primera medalla olímpica en su historia.

De raíces indígenas y procedente de una familia humilde, Barrondo relató que dos meses antes de las justas olímpicas le compró un televisor a su familia para que pudieran acompañar su participación a la distancia.

“Venimos de una situación económica difícil, por eso le di esa ayuda a mi familia”, relató el guatemalteco de 21 años, quien cruzó la meta con tiempo de 1:18.57, a 11 segundos del campeón chino Ding Chen.

“Siento que es la bendición más grande que la vida me ha dado”, declaró Barrondo, con la medalla de plata colgada sobre el pecho. “Es una alegría para un país que ha sufrido mucho, pero que también ha soñado mucho”.

El estudiante de contabilidad y campeón panamericano en Guadalajara el año pasado sueña con que su gesta en Londres sirva de ejemplo para la juventud en un país aquejado por la delincuencia de pandillas.

El Presidente guatemalteco, Otto Pérez, se unió a los festejos por la histórica medalla: “Barrondo es un guatemalteco que viene de orígenes extremadamente humildes. Este logro nos demuestra lo que podemos hacer con perseverancia y a dónde podemos llegar”.

A lo largo de la prueba, Barrondo se mantuvo cerca de la dupla china de Chen y Zhen Wang, quien se quedó con el bronce. En el pelotón de los líderes también estuvo el ruso Valeriy Borchin, campeón hace cuatro años en Beijing y quien abandonó la carrera.

La estrategia fue definida por su entrenador cubano Rigoberto Medina.

“Siempre escuché la voz de mi entrenador, incluso en medio de todas las personas que estaban gritando, yo buscaba siempre la voz de él”, narró Barrondo.

Dijo que Medina ha hecho sacrificios para llevar al marchista a las Olimpiadas, dejando a su familia en Cuba para trasladarse a Guatemala y entrenarlo: “Los dos hemos sufrido mucho, hemos dejado a nuestras familias, él a su esposa e hijas y yo a mis padres. Lo arriesgamos todo pero dio resultado”, contó.
 
PERFIL
Érick Barrondo
  • Fecha de Nacimiento: 14/Jun/1991 (21 años)
  • Lugar de Nacimiento: San Cristóbal, Guatemala
  • Estatura: 1.72 metros
  • Peso: 60 kilos
  • Palmarés: Primera participación olímpica; Medalla de Oro 20 kilómetros (Panamericanos Guadalajara 2011); Medalla de Plata 20 kilómetros (Londres 2012)

 

Tomado de:
http://centroamericalive.blogspot.com/2012/08/erick-barrondo-ejemplo-de-sencillez-y.html