viernes, 22 de marzo de 2013

Leyendas del deporte: Spiros Louis


Spiros Louis, un aguador que encendió los Juegos

 Un pastor de 24 años se convirtió en el ganador del primer maratón olímpico en Atenas 1896

En Grecia aún se utiliza una expresión («Yinome Louis») para explicar lo que es salir pitando. Pero el legado de Spiridon Louis es de mucho más calado, crucial para el impulso de los Juegos Olímpicos. El júbilo que desató su triunfo en Atenas, en 1896, los primeros Juegos de la era moderna, fue de tal magnitud que contagió incluso a los extranjeros, dando sentido, al fin, a una competición tan global. Spiros rescató el orgullo patrio en el momento oportuno. Grecia no encontraba un campeón en atletismo y hasta en una prueba tan griega como el lanzamiento de disco, el estadounidense Garrett derrotó a Paraskevopoulos, su representante.

Pero quedaba el maratón, incorporado gracias a la propuesta de un amigo del Barón de Coubertain, y ahí los helenos apostaron fuerte. Antes de los Juegos realizaron dos pruebas de selección. En la segunda, dominada por Lavrentis (tres horas y once minutos), corrió un chico que destacó como deportista durante el servicio militar, entre 1893 y 1895 y que, fue animado por su coronel, Papadiamantopoulos, para que participara. Concluyó en quinta posición. Aquel chico, un pastor que llevaba agua a pie de Marousi -entonces un pueblo, hoy un barrio- a Atenas, tomó finalmente la salida del maratón olímpico (42 kilómetros) el 10 de abril.

La carrera enfrentó a trece griegos contra cuatro extranjeros: un inglés, un australiano, un francés y un húngaro. Lo sucedido durante las tres horas después de que Papadiamantopoulos diera la salida a las dos de la tarde mezcla la realidad con la leyenda y hoy, 116 años después, no es fácil diferenciarlo. Una certeza es que el francés Lermusiaoux comenzó liderando la prueba. El galo arrancó ligero, veloz, pero acabó pagándolo en el kilómetro 32, cuando, ya exhausto, fue embestido por una bicicleta y abandonó. Tomó el mando el australiano Edwin Flack, un portento que ya había ganado las finales de 800 (2:11.0) y 1.500 (4:32.2). Flack corría con seguridad y un mensajero anunció en el estadio Panathinaikos que iba a ser el vencedor.

El público enmudeció. El maratón, un símbolo nacional, tampoco iba a premiarles. Mientras, Spiros, más prudente que sus rivales, a su ritmo, se detuvo en una taberna de Pikermi, se tomó una copa de vino y dijo que él iba a ser el campeón. A menos de 10 kilómetros de la meta, Spiros, calzado rudimentario, pantalones por las rodillas, había dado caza a todos sus contrincantes y adelantó a Flack, quien aún resistió tras él cuatro kilómetros más. Pero Spiros era el elegido y su ritmo acabó con el australiano, quien terminó tambaleándose y cayendo al suelo. El griego se quedó solo en cabeza y corría decidido hacia el estadio, a donde ya había llegado Papadiamantopoulos, a caballo, para anunciar el triunfo de un compatriota.

Las 100.000 personas que había entre el estadio y la calle enloquecieron. La entrada de Spiros en la pista fue el momento culminante de aquellos Juegos. Al grito atronador de «¡Hellene, Hellene!» el joven atleta de 24 años dio la vuelta al anillo escoltado por el príncipe Konstantinos y su hermano Giorgios. Spiros cruzó la meta triunfal en 2:58.50. La exaltación griega se elevó al máximo cuando Charilaos Vasilakos entró segundo siete minutos después y Spiridon Belokas lo hizo a continuación, aunque éste fue descalificado cuando el húngaro Gyula Kellner demostró que lo había adelantado en un carruaje.

El avituallamiento de Spiros pondría los pelos de punta a los eruditos del maratón en la actualidad. El pastor de Marousi bebió durante la carrera vino, leche, cerveza y zumo de naranja, y hasta se comió un huevo de Pascua. El día de la clausura fue coronado con unas ramitas de olivo y le colgaron una medalla de plata. El Rey, como el genio de la lámpara, le concedió un deseo, y el aguador solicitó un carro y un asno para transportar el agua de Marousi a Atenas. Nunca más volvió a competir. Y poco más se supo de él. Hasta que en los Juegos de Berlín, en 1936, fue recibido por Adolf Hitler. Aquel día, como en la recepción ante el Rey de Grecia, volvió a vestir el traje regional.

 

FERNANDO MIÑANA

Tomado de:
abc.es

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